RR.HH. ¿Conoce el Jovialismo Laboral?

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En dirección contraria a los que ansían un cambio radical para evitar la frustración que les impone su actual forma de trabajar, emergen los ‘jovialistas’ por el camino de un buenismo que resulta tóxico y pernicioso.

La pandemia, los confinamientos, el teletrabajo y los modelos de actividad que llegan, la nueva normalidad o la vuelta a la oficina (también la no vuelta), han generado durante los dos últimos años y medio conceptos, situaciones laborales, tendencias y hasta tribus profesionales que nos acompañarán en los próximos meses, y a las que habrá que adaptarse.

La incertidumbre, el aumento del estrés, o los cambios en la manera de trabajar han hecho que la gran dimisión o la gran renuncia sean algo ya habitual en nuestra vida laboral, como reacción de los profesionales a una nueva forma de entender la relación entre empleados y empleadores, en la que se dan exigencias nunca vistas antes de la pandemia.

Hasta ahora, las organizaciones han estado preocupadas de satisfacer las necesidades de quienes amenazan con una gran fuga laboral para trabajar de otra forma en otra empresa, sector o incluso carrera.

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Aunque recientemente se ha empezado a hablar de otra tribu laboral que va en dirección contraria a aquellos que se suman a la gran renuncia o dimisión. Aparece una clase de profesionales decididos a ocultar sus preocupaciones y ansiedades, la mayoría para parecer productivos en su trabajo. Igual que se acuñó el concepto de presentismo, aparece ahora en inglés el de pleasanteeism, que identifica a una tribu profesional empeñada en mostrar lo mejor de ella misma. Sus integrantes viven para demostrar que están bien, independientemente del estrés, la presión excesiva, la imposibilidad de adoptar los nuevos modelos de trabajo flexibles.

La emergencia de este jovialismo laboral no puede ocultar que ya en el otoño de 2020 The Washington Post se hiciera eco de algunos estudios que criticaban el hecho de que las empresas y empleadores vivieran un tanto obsesionados con animarnos y hacernos felices. El Post insistía en que la búsqueda de una felicidad impostada y sobreactuada puede convertirse en una «positividad tóxica» dañina. Y perseguir la satisfacción laboral de esa manera aumenta la desdicha.

Felicidad tóxica

El aviso para los actuales jovialistas es que esta felicidad tóxica -que algunos consideran más peligrosa que el presentismo- es un caldo de cultivo perfecto para los cenizos y para todos aquellos que tienden a ver el vaso medio vacío. Pero que también hace prosperar a una tribu laboral de optimistas hasta la médula, dotados de un buenismo contagioso las 24 horas.

Andrés Pérez Ortega, consultor en estrategia personal, recuerda que «ya hace años Peter Drucker alertaba del peligro de deteriorar las empresas y las organizaciones al poner aspectos accesorios (aunque loables) sobre su auténtica función. Decía que se puede hacer lo posible por favorecer a ciertos grupos históricamente discriminados, pero que esta no debería ser su finalidad principal ni debería estar por encima de la misión principal de una organización. Con las tendencias y modas sobre el bienestar o la felicidad en el trabajo, el pensamiento positivo o los ambientes divertidos, parece que está ocurriendo lo mismo».

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Pérez celebra que haya un buen ambiente de trabajo, pero sin olvidar que, en ocasiones, hay que mantenerse firme a la hora de tomar decisiones, prescindir de algunos profesionales y tener siempre en cuenta que, para mantener ese buen rollo, la empresa debe cumplir con su función principal, que es facturar y ser rentable.

El experto no se muestra demasiado partidario del concepto «retener» el talento, como si las empresas fueran algo así como Corea del Norte, de donde los profesionales no pueden escapar.

La verdadera atracción

Pérez sostiene que «cuando las empresas empezaron a hablar de marca empleadorase sustituyó la retención por la atracción, porque LinkedIn y otras herramientas de internet les permitían salir de la burbuja en la que habían vivido los profesionales. De ahí viene la empresa agradable, preocupada por la salud emocional y agradadora. Cuando en las entrevistas de trabajo vieron que los más jóvenes no se conforman con ser mileuristas hasta los 35 años o los mayores hoy se unen a la gran dimisión, hay que buscar nuevas formas de retener a los profesionales».

Realidad y problemas

En ocasiones, el positivismo se convierte en una maldición. Pérez cree que «si hay alguien necesario en una organización, ese es el profesional incómodo y crítico… El que identifica problemas y también aporta soluciones. En el entorno amable que se pretende imponer, ese tipo de profesional que no basa sus decisiones en pensar en positivo y esperar que las cosas se resuelvan mágicamente, es etiquetado rápidamente como tóxico, negativo o mala persona. Se confunde la inteligencia emocional con ser simpático, alegre y positivo, cuando en realidad es la forma de gestionar nuestras emociones ante diferentes circunstancias».

Para Andrés Pérez «el buenismo o lo que podemos definir como jovialismo puede convertirse en un problema si convierte la felicidad en un dogma, y si la valoración de los jefes o compañeros a un profesional depende del buen ambiente que pueda crear en lugar de los resultados que pueda generar… para que ese ambiente pueda seguir existiendo». Añade que «quienes cambian el mundo son aquellos que ven problemas en todas partes, porque es más probable que busquen soluciones. Los buenos comerciales, los emprendedores de éxito, los visionarios son aquellos que buscan huecos, necesidades que cubrir, demandas que satisfacer… Son los que realmente se aplican aquello de que ‘una crisis es una oportunidad’. Por el contrario, quienes siempre ven el lado positivo de todo tienden a la parálisis… hasta que es demasiado tarde».

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A Pérez le parece preocupante que empiece a considerarse este tipo de aspectos emocionales como un criterio de evaluación profesional: «Cuando la subida anual, el bonus o incluso la pertenencia a la empresa dependan de ese tipo de criterios, las organizaciones se parecen más a un parque temático en el que la felicidad es casi obligatoria. Pero es todo apariencia».

Ovidio Peñalver, socio director de Isavia, cree que este jovialismo podría llamarse también bienismo, ya que se trata de un conformismo o una felicidad fatua, no auténtica: «Es una pose, una imagen que trata de demostrar que todo es agradable».

Peñalver añade que lo que hay detrás de esto es un «querer agradar», «querer ser aceptado por los demás»… Esto psicológicamente remite a una cuestión de falta de autoestima y también de miedo a la autoridad. Y ante la duda, hay un deseo de caer bien.

El socio director de Isavia insiste en que, «desde el punto de vista psicológico, esto es una máscara, cuando lo ideal es ir sin ella; ser sincero, claro y auténtico. Ser asertivo, cuidando la relación, la manera y el lugar».

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La cara falsa del ‘buenismo’

Cualquier organización es responsable de construir un sistema de valores para que cada uno construya su propia felicidad, pero ésta es una responsabilidad personal, y no necesitamos que nuestra empresa nos la dé.

  • Las compañías del buen rollo nos dicen lo que queremos escuchar, pero no nos hacen mejores. Los ‘yonquis del buen rollo’ suelen identificarse con el ‘buenismo’ y con la falsedad.
  • Los exagerados de la felicidad viven en un estado de ánimo impostado. Es un ‘buenismo de hiperesperanza’, una ilusión permanente que confía en que lo mejor está siempre por venir. Niegan la realidad negativa -tienden a transformarla siempre en algo positivo- y son tan manipulables como los cenizos o los pesimistas.
  • Es positivo generar buen ambiente, pero no lo es tanto excederse aparentando una falsa felicidad. Quien lo hace, o bien es un personaje tóxico, o un actor que representa una farsa personal o profesional. Al final, es mejor un ‘negativo’ capaz de identificar problemas que un ‘positivo’ que espera permanentemente que las cosas salgan bien.

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