Llorar en el trabajo, ¿acting o emoción?

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Los más jóvenes y las mujeres son más proclives a mostrar sus emociones negativas en público. Al margen de la edad y el género, cada vez más profesionales exteriorizan su estado de ánimo, algo que puede ser pernicioso si no se gestiona y lleva a la pérdida de control.

Hace unos años, poco antes de la pandemia, un estudio de Monster realizado en Reino Unido rompió uno de los grandes tabús: uno de cada tres trabajadores británicos admitía haber llorado en la oficina. La carga de trabajo, los problemas con su jefe o el acoso laboral eran algunos de los motivos que hicieron que el 32% de estos profesionales rompiera en lágrimas. Este informe reveló un sesgo de género, el 66% de mujeres frente al 34% de hombres. También se detectaron diferencias por la edad: el 34% de los ‘llorones’ pertenecía a la Generación Z y sólo un 7% eran Baby Boomers. Este mes Korn Ferry -firma mundial de consultoría- volvía sobre este asunto en una de sus newsletter reconociendo que ahora, llorar en el trabajo es más común que hace unas décadas. Otra posibilidad es que se está perdiendo el pudor a mostrar las emociones en público. «Sin duda, hay un cambio generacional», afirma Grant Duncan , socio sénior de clientes de Korn Ferry, director general y responsable del sector de consumo en EMEA: «Mostrar las emociones es más aceptable».

Cuando la gente llora en el trabajo, los líderes astutos necesitan saber por qué. «El contexto lo es todo», apunta Emma Cornwall , socia sénior de Korn Ferry y responsable de soluciones para liderazgo y desarrollo profesional en Reino Unido e Irlanda. Pero, ¿qué sucede cuando el llanto se da en determinadas áreas de la empresa sin una razón obvia como, por ejemplo, una época de despidos masivos? Si no hay una razón obvia para que la gente llore, es necesario averiguar qué está sucediendo, dice Cornwall: «Como líderes, debemos ser curiosos».

Las emociones

En general, pocas empresas animan a su empleados a mostrar sus emociones negativas. En la década de 1990 las start up hicieron de las emociones positivas su estrategia de negocio: las mesas de ping-pong, los futbolines y los toboganes en los centros de trabajo mostraban un entorno laboral anacrónico. Un modo de vestir desenfadado y la promesa de riqueza anclada en la cultura de trabajar duro, divertirse duro –Work hard, play hard– dibujaba un ambiente irresistible, repleto de camaradería, pero también de estrés y ansiedad por alcanzar el éxito. En esa década Daniel Goleman plantó la semilla de la inteligencia emocional para, por primera vez, animar a las empresas a gestionar y no a reprimir esas y otras emociones.

Tres décadas después, con la pandemia por medio, las emociones negativas en el entorno laboral siguen siendo un tabú, y el baño el lugar preferido para esconder esas lágrimas. «Llorar en cualquier situación, incluso en el trabajo, no debería ser un tabú, sino un recordatorio, un aviso de que somos primero humanos y después profesionales», afirma Marta Romo, socia directora de Be Up. Añade que «llorar es una reacción natural y una consecuencia de una sobrecarga emocional o una tristeza muy profunda que aflora en un momento dado. No es un fallo del sistema, sino un signo de saturación».

Los chicos no lloran

Mostrar emociones en el trabajo no es pernicioso. Lo malo según Romo es «no saber gestionarlas y que éstas nos desborden o nos lleven a perder el control. Las emociones no son debilidades, nos proporcionan información muy valiosa sobre cómo nos afecta el contexto, si tenemos alguna necesidad y nos ayudan a conectar con otros y a mostrar coherencia en comunicación».

Sin embargo, Vera Moreno, coach ejecutiva y experta en liderazgo, recuerda que pocas empresas animan a sus empleados a mostrar sus emociones, salvo para mostrar alegría por los éxitos, o el enfado de los jefes para hacer notar su decepción o ira por los malos resultados, «pero que no se muestren no significa que no existan». Menciona el miedo, la ira, la frustración, la decepción, la tristeza, o el aburrimiento: «Lo que sucede es que hemos aprendido a no expresarlas en muchas ocasiones porque está mal visto». Cree que esto es sinónimo de postureo e hipocresía: «Es lo que las empresas han conseguido de sus empleados: que oculten o finjan lo que verdaderamente sienten y piensan».

Nota recomendada: Tendencias y prioridades en Gestión de Personas 2026: cuando la inteligencia humana y la artificial aprenden a convivir

Ambas coinciden en que existe un sesgo de género. «Cuando son los hombres los que se expresan emocionalmente, pueden parecer más débiles, y en el caso de las mujeres se penaliza por el estereotipo de sensibilidad. A unos no se les tolera y a ellas se les penaliza… Ambos extremos son dañinos», subraya Romo.

La coraza

Penalizar a quien muestra sus emociones en el puesto de trabajo denota un ambiente laboral tóxico. Hay quien dice que se tiende a culpar y a juzgar a los trabajadores de su mal estado de ánimo, obviando que puede ser consecuencia de una organización enferma. «Demostrar emociones en el entorno laboral no es un signo de debilidad, sino una expresión de humanidad. Lo verdaderamente pernicioso no es sentir, sino trabajar en un contexto que castiga lo que se siente. Cuando la cultura corporativa interpreta la emoción como vulnerabilidad, se pierde información esencial sobre el bienestar del equipo y se erosiona la confianza», explica Xeila Fernández, CEO y fundadora de Elevare88. Añade que las emociones son brújulas: «Muestran dónde algo necesita ser mirado con presencia».

No obstante, la recomendación de Romo a aquellos profesionales que, bien por pudor o por cultura empresarial, no quieran mostrar sus emociones en un momento dado, no es reprimir, sino entender y regular. Asegura que «trabajar la madurez emocional es clave. Poder expresar cómo te sientes y por qué, sin llegar a perder las formas es mucho más constructivo que quedarse callado o llegar al extremo de estallar. La alfabetización emocional es crítica hoy en este mundo BANI en el que la ansiedad forma parte de nuestro día a día». El acrónimo BANI describe el mundo actual, Brittle -frágil-, Anxious -ansioso-, Non lineal -no lineal- e Incomprehensible -incomprensible-.

Las consecuencias

Reprimir o exhibir las emociones no está exento de consecuencias en las empresas. Moreno advierte de que reprimir emociones de forma constante tiene un precio altísimo, porque aunque a corto plazo puede parecer una estrategia de supervivencia, a medio y largo plazo genera una factura que afecta a todos los niveles de la persona, físico y mental: «La emoción no expresada no desaparece, sino que suele transformarse en problemas, mentales y de tipo orgánico. Esto también tiene consecuencias sociales y económicas muy importantes para las empresas». Romo recuerda que «si reprimimos nuestras emociones, el estrés aumenta, la creatividad desaparece y la capacidad de atención se fragmenta».

Fernández señala que la contención emocional como estrategia de progreso no es sostenible: «El bienestar personal y profesional no pueden estar separados: uno depende del otro. Un liderazgo que ignora las emociones termina agotando no sólo a quien lo ejerce, sino a todo su entorno».

El ‘ser’ y el ‘hacer’

¿Son las emociones el mejor predictor de la valía profesional? Moreno responde a esta cuestión con un sí rotundo: «Sin emoción no hay aprendizaje, y sin aprendizaje no hay excelencia profesional. Por supuesto que no están reñidas con la valía profesional. De hecho, se valora mucho la pasión y el entusiasmo que se muestra a la hora de presentar unos buenos datos o de incentivar la motivación del equipo». Fernández cree que cuando las emociones se sostienen con conciencia son una fuente inagotable de energía, autenticidad y presencia: «Un líder que actúa desde la empatía y la calma crea un entorno en el que las personas se sienten seguras para mostrarse como son, expresar ideas y desplegar su verdadero potencial».

Para Romo, el bienestar emocional es un plato que se cocina a fuego lento. Por eso sugiere proporcionar herramientas a quien manda sobre cómo funciona el ser humano, aunque matiza que «también hay que revisar nuestra manera de trabajar, la sobrecarga, la reunionitis, el exceso de burocracia y de consenso… Pues todo este contexto influye en nuestro estado emocional».

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